
OPINIÓN – No es vanidad, es lenguaje: el feminismo también se viste

Por Anna Maria Palacio Montoya
Nos han repetido hasta el cansancio que preocuparnos por cómo nos vestimos es una frivolidad. Que si eres feminista no deberías usar tacones, ni pintarte los labios, ni gastar tiempo pensando en la ropa. Que eso es superficial. Que eso no es serio.
Pues no.
Vestirse no es vanidad: es lenguaje.
Y el feminismo también se viste.
Durante años me tildaron de frívola por darle tanta importancia a mi imagen. Nunca entendieron que mi preocupación no era cómo me veían los otros, sino lo que me provocaba a mí misma mirar mi ropa, combinarla, jugar con ella como si fuera un mapa emocional. Elegía una prenda que rompiera lo establecido no para destacar, sino para crear conversación. En una sociedad que no me dio muchas libertades, la moda —y esa “vanidad” que tanto critican— fue lo que sí me permitieron. Y con eso bastó para hacerme un espacio, una voz, una manera de sostenerme.
La tristeza la combinaba con violeta. Las pasiones con rojo. Las ilusiones con verde. Los retos con naranja.
Así me vestía. Así me expresaba. Así me resistía.
Desde niñas aprendimos que había formas “correctas” de estar vestidas: ni muy cortas ni muy largas, ni muy ajustadas ni muy sueltas. Que si mostrabas piel, te exponías. Que si te tapabas mucho, eras una mojigata. Que si ibas arreglada, buscabas aprobación. Que si no lo hacías, eras descuidada.
Siempre un juicio. Siempre una medida externa. Siempre una lupa sobre el cuerpo femenino.


El feminismo llegó, entre otras cosas, a patear ese tablero. A recordarnos que no existe una única manera de habitar el cuerpo ni una única forma de representarlo. Que la moda, lejos de ser el patio de juegos de la superficialidad, también es territorio político, memoria y declaración.
Hoy, cuando una mujer elige qué ponerse, está eligiendo mucho más que un outfit. Está diciendo: esto soy, esto pienso, esto quiero.
Vestirse se ha convertido en un acto de agencia. En un modo de tomar el espacio, de ser vista con sus propias reglas.
Sí, la ropa importa. Porque los cuerpos han sido históricamente vigilados, controlados, oprimidos. Y la moda —aunque creada muchas veces desde esa misma opresión— también ha sido instrumento de rebeldía. De transformación. De reapropiación.
Virginia Woolf decía: “La ropa cambia nuestra visión del mundo, y la del mundo sobre nosotras”. Y Coco Chanel, con su lengua filosa, lo dijo más simple y más feroz: “Si estás triste, ponte más pintalabios y ataca.”
Porque incluso el rouge puede ser un escudo. Porque hasta un lápiz labial puede convertirse en trinchera.
Qué poderoso sería vestirnos sin culpa. Sin miedo al juicio. Sin disfrazarnos para gustar, ni neutralizarnos para encajar.
Porque lo verdaderamente revolucionario no es lo que te pones.
Es que nadie más decida por ti.Así que no, no es vanidad. Es autonomía. Es narrativa. Es lenguaje.
Y el feminismo, claro que también se viste.
Este artículo pertenece a la edición Nª14 de nuestra revista

