Moldeando nuestras historias

Por Esteban Arenas

Recorrer la ciudad con el ánimo de descubrirla es un acto de abrir los sentidos, de unirse a la aventura de conocer nuevas realidades y entenderlas como propias, porque en cada expresión cultural se hila una historia propia, una que se ha forjado durante años de historia y nos define como sociedad. Presentes, pasados y futuros que nos habla de frente por medio del arte, el cual está presente en las calles, los museos, las universidades y en general, espacios abiertos que albergan tesoros que nunca dejaremos de encontrar y maravillarnos con ellos.

Este es el caso de Andrés Monzón-Aguirre, un artista visual que entre sus experiencias académicas, personales y profesionales entre Colombia y Estados Unidos, ha encontrado una voz para unir prácticas ancestrales como la cerámica en Antioquia con nuevas maneras de expresar vivencias propias y colectivas sobre la región que, entre montañas, lo vio nacer y a la vez rescatar una tradición de cara a los tiempos actuales, con un objetivo claro: no enterrar en el olvido los años, las décadas, los siglos que nos preceden.

La pintura, la escultura y la gestión cultural lo han llevado por todo el mundo; desde su formación académica en el Rhode Island School of Design a semestres enriquecedores en Italia, México y Corea. Lugares aparentemente ajenos entre sí, pero a la vez cercanos en su concepción de la creación de una historia propia. Entre viajes, recorridos, ensayos y errores, el artista siempre ha sentido la necesidad del regreso, de volver a su territorio y a sus raíces, como una forma aparte de nutrir su obra por medios de saberes milenarios, para aportar, desde su conocimiento, en la construcción permanente de la conciencia colectiva, tanto de Antioquia como del país.

Así nace el proyecto Campos de Gutiérrez, una casona cafetera de estilo colonial, ubicada en el corregimiento de Santa Elena, la cual ha sido por años propiedad de su familia. Estando sin uso particular, Andrés se dio a la tarea de realizar un proceso de renovación, conservando las bases estéticas de la construcción, para darle un nuevo propósito: como espacio de residencia para artistas de todo el mundo, en el cual, durante tiempos definidos, pudieran llevar a cabo sus proyectos personales y a la vez, sumergirse en la tradición colombiana, donde la manualidad y la artesanía jugaran un papel fundamental.

El trabajo de Andrés Monzón-Aguirre y el proyecto de Campos de Gutiérrez se han convertido en un caldero de ideas y reflexiones de los tiempos que han transcurrido en relación con el presente. De esta manera, la cerámica, la alfarería, la carpintería, la orfebrería, entre otras prácticas manuales toman un lugar privilegiado, que, en ocasiones tienden a llevarse al olvido en espacios y momentos donde imperan la virtualidad y el rapidísimo paso de la información. Esta es una invitación a abrazar la memoria, disfrutar de los procesos manuales, de detenerse un momento, llenarse los sentidos de verde natural, llenarse las manos de barro o enredarse los dedos en tejidos, en un proceso reflexivo donde el pasado converge con nuestros días, una gran manera de rendirle homenaje a los saberes ancestrales que hacen parte de nuestra esencia y son los cimientos de nuestra cultura.

ESTE ARTÍCULO PERTENECE A LA EDICIÓN N°4 DE NUESTRO PERIÓDICO GRATUITO

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